jueves, 5 de febrero de 2009

¡Ánimo! en Lisboa

Bueno, pues ya estoy aquí, 'fabricando pequeños recuerdos que van a ser importantes cuando sea grande', como bien dice Liniers, mi dibujante de cómics favorito después de Calpurnio.

Después de pagar 112 euros por exceso de equipaje y bultos antes de partir (y de padecer un trauma psicológico del que me he recuperado en cuanto he pisado esta ciudad), llego al aeropuerto de Lisboa y me esperan allí dos de mis compañeras de piso, Cris y Noe, una historiadora del arte y una psicóloga que me acogen con los brazos abiertos. Llegamos al piso, y Marco, un lisboeta que estudia ingeniería de puentes y caminos -en portugués tiene un nombre muy raro-, sale de su habitación después de días de encierro -está preparando los exámenes y es súper aplicado- y preparamos tortilla de batatas, salchichas con maíz y pà amb tomàquet y jamón, que me he traído debido a la insistencia de mi madre, cuyas últimas palabras en el aeropuerto, al despedirme, fueron: "A ver si vuelves y se te han quitado los pajaritos de la cabeza". Vanas intenciones en una ciudad como esta...

Acompañamos la cena con vinito bueno, bonito y barato, y aunque aun no he acabado de aterrizar, me hacen sentir como en casa. Poco después deshago mi maleta prestada y más querida que nunca gracias a los buenos de Vueling, y coloco mi ropa en un armario para mí sola, casi tan grande como la habitación, que a su vez es casi tan grande como el comedor, así que el espacio no será un problema aquí, eso seguro.

Al día siguiente, la primera ducha viene con agua fría, aunque según Cris no será siempre así. Pienso que igual tenía que ser así para despertarme, porque al salir de la bañera me doy cuenta de que estoy aquí, y lo estoy al cien por cien, a partir de ese momento. Empiezo el día con un tesito, y aunque el piso está de cara al sol, hoy está lloviendo. Es una lluvia intermitente, por eso, y el sol viene y va, viene y va, a su antojo. El tiempo está loco, pero va bien porque alterna estados de ánimo que coinciden con mis primeras sensaciones aquí.

Salgo sola a comprar el periódico (el más conocido aquí es el Público) y a hacerme una copia de las llaves, pero no encuentro las loja de ferragens que Cris muy bien me había indicado en el mapa, así que llega el momento de tener el primer contacto -el segundo después de Marco- con esta gente, según dicen y según compruebo, muy educada pero muy suya. Un buen hombre me acompaña un buen trozo hasta la calle donde está la ferretería. Obrigada, cabalhero. Después, en la ferretería, tardo muchos minutos en entender lo que me dice el dependiente: Que le deje las llaves si quiero pero que no estarán hasta esta tarde. "Ok, ok, obrigada" (es lo único que se me ocurre, ¿dónde está el intensivo de portugués que hice antes de venir? Tengo que refrescarlo).

Hago una pequeña compra en el súper, un sucedáneo del Día, y llego a casa con una bolsa que me he llevado para ahorrármela (es lo que toca cuando la pobreza manda). Llega Maruixa, una chica de Ourense también estudiante de Erasmus, y preparamos unos macarrones y una ensalada verde con salsa vinagreta buenísima -mi primera salsa más allá del aceite y el vinagre... preparáos porque me voy a convertir en una arguiñana gracias al libro de recetas para estudiantes-, que amenizamos con el vino que ha traído Maruixa y el postre de babas de chocolate, con el que se nos cae la baba, como no podía ser menos.

Hablamos de los viajes pasados, de Lisboa presente y de posibles viajes futuros, que tendrán que esperar porque tenemos todas los bolsillos vacíos. Miramos la bola del mundo hinchable que me regalaron para reyes Javi y Maribel, y coincidimos en lo que todo el mundo: "Me gustaría hacerla girar, señalar un punto y ir hasta allí". Es lo que hice con Lisboa, aunque sin hacer girar ninguna circunferencia. Simplemente un día me vino la idea a la cabeza, y lo que en un principio era un pequeño sueño, una ítaca, ahora se ha convertido en realidad, a pesar de las dificultades económicas, de las que me iré recuperando poco a poco, al puro estilo português.

Dificultades que no me impiden compartir un buen vino con Cris, que me lleva a conocer el centro de la ciudad, la gran fachada manuelina de la estaçao do Rossio (un estilo muy típico portugués), la entrada del Teatro Nacional de Lisboa, el castelo de Sao Jorge que se ve a lo lejos, iluminado, y el H&M, a pesar de que sigue lloviendo y llevamos un charco dentro de los zapatos. Un hombre en una moto con la radio a todo volumen, semáforos que funcionan como en Italia, calles de piedra y edificios que se caen o que se levantan, como el elevador al que hoy no subimos. Mientras paseamos, después de saludar a unos animalillos de pecera enormes, pero feísimos, expuestos en un triste escaparate, me doy cuenta de que estas calles, a esta hora, me recuerdan mucho a Roma, y a las que estuvísteis allí conmigo. Subimos las escaleras interiores que nos llevan a Baixa -cuando funcionan-, y nos perdemos en una librería que no se acaba nunca. Hojeamos libros de arte contemporáneo y salimos de allí sin comprar nada cuando los dueños nos echan 'muy amablemente' apagando la luz.

Entramos en el famoso Café Brasileira y compartimos una pequeña botella de vino, que acompaña una charla de esas que no se acaban hasta que no se deja la copa vacía. Al salir, y después de haber dejado en la mesa las preocupaciones por el futuro y la economía de subsistencia, Pessoa sigue sentado en la terraza, bajo la lluvia, con las piernas cruzadas y pensando véte tu a saber en qué -ya no estoy para existencialismos-. Volvemos para casa, y nos impresiona un indigente excéntrico con gafas de sol que devora una bolsa de patatas, y después, en el metro, un ciego que repica en una especie de caja mientras pide limosna. Al llegar a casa, Noe, que comenzaba a sentir saudade porque estábamos tardando en volver (la nostalgia portuguesa que me trajo aquí, entre otras cosas más y menos prácticas), pone cara de no querer estudiar más. Preparamos un sandwich y una ensalada y poco después nos quedamos las tres dormidas en el sofá, viendo una peli de bandas rock vs. pijos que no avanza, estética años 70 pero a lo retro. Una freakada.

Por la mañana, me despierto con la luz que entra por los ventanales a primera hora -hacen falta cortinas oscuras o un antifaz-, pero no me levanto hasta las diez. Delante mío, en la pared, un papel me da los buenos días con un "¡Ánimo!", que colgamos ayer en la habitación para aprovechar esta experiencia al máximo -Noe lo hizo en el Calling center en el que trabaja- y para fabricar pequeños recuerdos que empiezan a ser importantes ya, aquí y ahora. Porque "si el viaje no te cambia, no es viaje".
5/2/2009'

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